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Historias y Opiniones: Niños y perros

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Señora, ¿qué animal prefiere usted, un perro o un niño? ¿Ni un niño ni un perro? ¿O un perro y un niño? Bien… No es cosa de enloquecer ahora, ante la duda terrible. Hace pocos días, una dama de Barranquilla, Colombia, regresó a su hogar, después de un breve paseo por la ciudad. Preguntó por su perro, un nervioso fox terrier de muy depurados blasones, y la criada dióle una noticia harto dolorosa: el perro estaba allí, muerto, hecho merengue por un automóvil de la calle. La dama entonces encerróse en su cuarto, de donde no la sacaron sino horas mas tarde, ya cadáver, con una fuerte dosis de arsénico en el estómago. He ahí, pues, una mujer que no habría titubeado ante mi pregunta. “Yo, señor ??hubiera dicho?? prefiero a los perros, y sobre todo, a mi perro.” No vendría a ser éste un caso único, por lo demás.

Otra dama va a comprar un automóvil. Escoge el coche de su gusto. Discute con fingida displicencia sobre el precio, sobre el kilometraje, sobre el color de los ojos del futuro chofer. De pronto, una preocupación parece cortarle el hilo del discurso.

-¿Y bien? -pregunta al cabo-, ustedes, que son prácticos en estas cosas, ¿qué me recomiendan para el paseo de por la tarde? ¿Un niño vestido de marinero, o un perro policía?

-Señora, ¿es igual? contesta con indefinible son risa el sabio vendedor-; pero, de todos modas, los perros se están llevando un poco más que los niños en esta temporada

Ignoro si el lector gusta de pasearse por La Habana sin rumbo fijo, sin ir en busca de la ciudad, sino esperando que la ciudad le salga al paso, vaya hacia él. Es una disciplina instructiva e higiénica, que no sólo distiende y engrasa los músculos, sino que aviva la inteligencia. Cualquier mediano observador encuentra así una caudalosa sustancia sobre la que incubar, anotando al paso contrastes, incoherencias, contradicciones, entre esa abigarrada muchedumbre de seres a quienes llamamos personas, nunca he sabido fijamente por qué. La calle aparece entonces a nuestros ojos como una misteriosa cinta cinematográfica, en la que el genio de un director inédito todavía, hubiera ido mezclando las más diversas situaciones. Limosneros sin salud ni suerte, que desean estos dulces bienes para los que pasan indiferentes a su lado; hombres sumergidos en sí mismos, con la fiebre de los negocios quemándoles los ojos; automóviles deshabitados a la puerta de bancos con títulos en inglés, o de los grandes almacenes de ropa o de víveres; inválidos que van empujándose en sus leves cochecitos de dos ruedas. Y sobre todo, mujeres con niños… ¿Mujeres con niños? No, por cierto. Guiñapos pequeños junto a guiñapos más grandes. Una minúscula carroña sollozante, instalada sobre una carroña más densa que mira sin ver, estrechando angustiada aquella carne en que palpitan apenas los primeros síntomas de la vida.

No puede uno rechazar la tentación de pararse a contemplar y a comprender esa miseria, antes que huirle con gesto de culpable, de asesino a quien irritara un súbito encuentro con el cadáver de su víctima. Sin embargo algunos transeúntes hacen eso, como molestos de que vengan a perturbarles la digestión unos pobres seres que probablemente se acostarán sin haber tenido con qué hacer la suya. Esquivan el bulto, saltan, apretando los ojos, sobre los sucios harapos, y hasta practican breves rodeos en la acera, a fin de rehuir el miserable espectáculo. ¿Por qué? La verdad es que sólo quien se sienta limpio por dentro, puede mirar frente a frente ese vasto dolor y acercarse a él sin temerosa sensiblería. Sólo quien sea incapaz de suicidarse por la muerte de su perro, está realmente en aptitud para entablar un diálogo sencillo y natural con el sufrimiento humano.

Las obras de caridad ?-y esto es un tópico?? son generalmente “obras de vanidad”. Pregonan que la caridad bien entendida empieza por casa, y entonces esa caridad casera estriba desde luego en la vanidad exterior; consiste en que una mano se entere al dedillo de cuanto hace la otra, y en que las dos, no sólo cubran las apariencias y laven la cara, sino que entrechoquen con ardor, aplaudiendo a su dueño y levantando el contagioso aplauso de los demás.

Sin embargo, acaso sea posible acercarnos sin caridad y sin vanidad a aquellos miserables espectros, y encontrar el medio de aliviarles un poco la pesada carga con que los agobia la desgracia. ¿Qué medio?, preguntará el lector. Temo que se considere broma lo que voy a decir. Pero tal vez fuera útil confeccionar un meticuloso censo que nos dijera cuántas son las mujeres en Cuba que tienen niños a los cuales no pueden mantener, y cuántas las que se hallan en posesión de uno o dos perros a los cuales alimentan, calzan, visten y perfuman. Un censo rápido, sin complicaciones. Una sola pregunta: “Señora, ¿qué animal prefiere usted, un perro o un niño?” Y la respuesta al punto. ¿Un perro? Muy bien. Se anota esto en la columna correspondiente, el casillero canino. ¿Un niño? Pues igual, pero inscribiendo entonces esa contestación en la columna de los seres humanos. ¿Nada más? Nada más… La solución vendría después del escrutinio. A las que hubieran pedido perros, se les daba niños, y a cuantas se hubieran pronunciado por los niños…., pues se les daba también, y con mayor motivo, pues no iba a ser caso de contrariarles una tan sincera vocación maternal.

Sé que alguien puede reprocharme esta crueldad con los perros. Y bien, ¿qué? Estoy seguro de que es posible encontrar personas suficientemente heroicas como para afrontar con entereza el rudo golpe que significa perder un animal inofensivo y obediente, a cambio de un molesto ser humano, cuyas necesidades van a ir creciendo cada día. Y aún así, ¿no será crueldad lo contrario? Es preciso tener en cuenta lo que para muchos de aquellos animalitos mimados, presos entre las caricias de sus dueñas, pudiera significar de pronto un poco de libertad, de felicidad callejera, urbana, que les permitiera andar y correr de un lado a otro por la ciudad, viviendo de la caridad pública, durmiendo, sin comida y sin baño, en los oscuros portales, en los establos y en las caballerizas. ¡Quién sabe! Nada de particular pudiera tener, al cabo, que esto, que para tantos semejantes nuestros constituye “una vida de perros”, fuera para ellos una saludable y envidiada “vida de niños”. Seguramente, el mal está en no dejarlos ser perros de una vez, en hacerles tan humana la vida.

Acaso, mi respetada lectora, acaso fuera útil realizar una pequeña, inofensiva experiencia. ¿Por qué no cambiar un poco los papeles? ¿Por qué no poner un grupo de niños en el mismo sitio privilegiado que ahora está ocupando un grupo de perros? Sin duda, ya lo sé, no hay niños “Pomerania”, ni “Terranova”, pero quizá pudiera ser un consuelo para nosotros pensar que muchos se hallan tristes, hambrientos, enfermos, sencillamente abandonados por los hombres. Al fin y al cabo, en esto, como en todo, la cuestión es empezar. Ya en ese camino, hasta podría admitirse la posibilidad de un suicidio, también, por la muerte de un niño, o que de pronto se pusiera de moda salir en el automóvil de las seis de la tarde llevando un hermoso bebé de dos años, bien alimentado y vestido, como una flor de esperanza junto al asiento del chofer.

Nicolás Guillén

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