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Historias y Opiniones: Reflexiones: La adopción de un(a) “abuelito(a)”. Ventajas e Incovenientes.

Enviado por jbuson

Hola a todos.historiasyopiniones

El motivo por el cual he decidido escribir este artículo es analizar los “pros” y los “contras” en la adopción de aquellos perros que, debido a su avanzada edad, y aún más siendo nórdicos, o bien sus anteriores dueños los han abandonado a su suerte para que engrosen las estadísticas de perros “abandonados” en las carreteras, o bien los han llevado a una perrera para que acaben sus días bajo una inyección letal.

En verdad tengo que decir que escribo este artículo fruto de la poca experiencia que tengo con Drusa, una Alaskan Malamute de 10 años y medio, cuya vida pendía de un hilo, y que recientemente la he “acogido” en mi casa.

Comentando lo poco que sé de su vida pasada, (véase “Crónicas de Drusa. Mi llegada a un nuevo hogar”), su dueño murió repentinamente y al final, debido a que su viuda no la conseguía entender, ni tampoco el resto de herederos del dueño (mejor las “pelas” que una perra “vieja”), en principio la tenían un poco abandonada en una nave industrial. Con el paso del tiempo, al ver que la perra era un completo estorbo, decidieron llevarla a la perrera “pagando su entierro”. Según el veterinario que la cuidaba desde pequeña, era muy cariñosa con la gente, un poco (muy) dominante con demás perros, y un poco “problemática” cuando le tocaba ir al veterinario.

Posiblemente, los “herederos” pensarían (y supongo que seguirán pensando) que un perro es un perro (fuera la raza que fuera), y como tal, tiene que obedecer a la primera, y si no obedece, pues a base de palos aprenderá.

En vista de ese “posible” panorama, los “herederos” se vieron “obligados” a deshacerse de ella, ya que era un estorbo, y encima mayor, y era mejor matarla que seguir cuidándola. Así se ahorrarían dinero en su manutención y cuidados.

Los cuidadores de la perrera son los mismos que la cuidaron desde pequeñita. Sabían que tenía “sus cosas”, pero en resumidas cuentas, era un encanto de perra. Ellos no suelen dar nombres a los perros que entran en la perrera porque muchos acaban bajo una inyección letal, sobretodo para no encariñarse con ellos. En el caso de Drusa, al conocerla desde pequeñita, ellos se volcaron para intentar que alguien la acogiese o la adoptase. Lo estuvieron intentando pero nadie la quería. Hasta que contactaron conmigo y me involucré con su situación.

Aunque previamente hubiera adoptado a Roy, no estaba en mis planes el adoptar o acoger a ningún otro perro, por lo menos por aquel entonces. En parte porque todavía no tengo casa propia, (la casa donde vivo no es mía, sino la de mis padres aunque pasen la mayor parte del tiempo viviendo en Brasil). En segundo lugar porque si ya tenía bastante trabajo con un perro, imagínate dos (más gastos). Y en tercer lugar, también tenía mis reticencias a adoptar a una perra mayor.

Al final, en vista del poco tiempo que Drusa le quedaba de vida en la perrera, decidí liarme la manta a la cabeza y “acogerla” el tiempo que hiciera falta hasta que encontrara un hogar definitivo para ella. Como ya tenía a Roy, hablé con el veterinario para esterilizarla para evitar problemas posteriores y, una vez la hubieran quitado los puntos, me la llevaría a casa.

Por lo menos, conocía en parte su historia, y sabía que posiblemente tendría problemas al acogerla, sobretodo en la presentación de Drusa a Roy, cuyo resultado fue que Drusa recibió una mordida cerca de un ojo, con herida sangrante. En vista de esa “presentación” nefasta, decidí que lo mejor era llevarla ese mismo fin de semana para poder “trabajar” la relación entre Drusa y Roy, y mi relación con ellos en base a la dichosa “jerarquia”.

Me costó algo de trabajo para que se entendieran, pero lo más importante de todo es que ¡¡¡los dos me estaban enseñando!!! Observaba sus pautas de comportamiento, sus gestos, su lenguaje corporal, ¡¡incluso sus gruñidos!! Realmente era una clase magistral práctica de “etología canina”.

A día de hoy, cada vez que les observo juntos, no hay vez en que no me estén enseñando algo nuevo. Roy con su carácter más diplomático, más tranquilo. Drusa con sus incitaciones al juego a Roy lamiéndole las orejas, agachando los cuartos delanteros y ladrándole (más bien aullando) y, cuando lo ha conseguido, tiene que retirarse del juego porque su organismo se resiente de dolor, porque ya no tiene un cuerpo jovial. Sus disputas para conmigo para ver quién es el preferido, quien recibe más mimos y atención,… Y sus disputas de “propiedad de descanso”.

Dicen que los perros mayores ya no se les pueden enseñar. ¡¡¡¡MENTIRA!!!! Drusa ha aprendido y asimilado tantas cosas que me impresiona a veces de lo rápida que lo ha hecho. Incluso Roy ha mejorado su comportamiento.

Ninguno entra o sale antes que yo por las puertas (esperan la orden), casi no tengo problemas para atarles sus correas cuando les toca paseo, es increíble cómo se dejan cepillar (sobretodo Roy), no entran a la mínima dentro de casa a no ser que yo les “pida” que entren,…

A la hora de comer, Roy ha empezado a dejar el plato limpio, y Drusa ha empezado a “masticar” el pienso, sin esa ansiedad que tenía cuando llegó (literalmente “tragaba”).

Incluso el veterinario flipaba cuando le tocó quitar los puntos a Drusa. No rechistó en ningún momento, ni mientras le quitaban los puntos de la tripa y de la pestaña, ni cuando le vacunó. El veterinario me comentó posteriormente que había logrado prácticamente “un milagro” en el comportamiento de Drusa. Él que cada vez que tenía que tratarla de alguna cosa, tenía que ponerle bozal para todo, ahora la pobre aguantaba todo sin rechistar, ¡¡¡sin bozal!!! Sólo yo sujetándola mientras la calma y la acariciaba.

Gran parte del mérito tengo que agradecer a que he aplicado el principio básico en la educación de un nórdico (y supongo que la de cualquier perro), “La Jerarquía”. El resto corresponde a la “coherencia” y a la paciencia.

Sé que Drusa es viejita, y que la pobre a veces aúlla de dolor por algo que tengo todavía que averiguar. Sé que la pobre puede que no esté conmigo el tiempo suficiente. Sé que sus cuidados requerirán mucho tiempo (y mucho dinero), pero es ver cómo está pendiente de ti, me alucina ver cómo me sigue a todas partes, cómo me pide mimos y caricias, cómo me obedece (no siempre ehhhh) y cómo se comporta que, en resumidas cuentas, creo que valió la pena que me hubiera liado la manta a la cabeza y la acogiera. Es realmente un encanto de perra. Sobretodo es agradecidísima.

Es por ello que no sé si al final de este escrito habré conseguido plasmar mi propósito de hacer ver a los “futuros adoptantes”, las posibilidades de adoptar a un perro mayor. Creo que son muchas las ventajas a pesar de “ciertos” incovenientes como la edad, o de su posible historia anterior.

Así que, antes de comprar un perro, piensa primero en adoptar a uno. Si encima adoptas un perro “abuelito”, verás lo cuan agradecido puede serlo contigo.

Drusa por lo menos, vivirá sus últimos días bajo la ternura y el cariño. Un final completamente digno. 🙂

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