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Historia de tu Nórdico: La aparición de Roy (Antes DYC)

Enviado por jbuson

Desde pequeño, siempre me han gustado los animales. Incluso pensaba por aquel entonces en historiadetunordicohacerme veterinario o biólogo para estar más cerca de los “bichos”. A esto hay que añadir que en mi familia siempre tubo algún que otro perro, exceptuando alguna temporada sin perros después de la muerte de Laidy, una collie ganador de concursos de belleza y que pasó sus últimos dos años a base de suero y medicinas que mi madre le daba con una botella de coca-cola pequeña y que ella se lo tomaba gustosamente. Era increíble ver a la perra sentarse cuando mi madre salía a darle su medicina. No hacía falta obligarla ni nada. Ella misma abría la boca y se lo tomaba a los pocos. Era verdaderamente un encanto de perra, y supongo que sabría que aquello que tomaba la hacía mejorar.

Es lo poco que recuerdo de ella ya que, por aquel entonces tenía unos 5-6 años de edad. Nunca tuve miedo a los perros, incluso cuando me mordían. Normal, con las trastadas que les hacía era de esperar.

El segundo perro apareció en mi vida cuando tenía unos 11-12 años. Era un img42d62e9886491cachorro de Fox Terrier que le pusimos de nombre Cotton. El último de sus hermanos que llegó a pesar 14 kilos y ser el doble de alto que sus parientes sin estar gordo ni nada por el estilo. ¿Será por la leche con calcio que tomó de pequeño ó por su costumbre de hacer las comidas al igual que nosotros? Ni idea, pero la gente al verle les costaba creer que aquello era un Fox Terrier con Pedigree y todo. Era un verdadero terremoto, faldero a más no poder con mi madre, que le encantaba jugar con esos muñecos que hacen ruido, bueno, sólo la primera hora, ya que conseguía arrancarlo a base de mordiscos, y hacer alguna que otra trastada, como subirse a la cama de mis padres para resfregarse contra la almohada, que siempre cuando mi padre o yo le regañabamos, iba corriendo a los pies de mi madre para defenderse, es decir, sabía que mi madre le defendería de nosotros. Y lo peor de todo es que siempre el jodio se salía con la suya. Pero cuando mi madre no estaba, a mí era el único al que obedecía. Me encantaba hacerle rabiar para verle gruñir y estornudar. Y odiaba que le tocaran las patas delanteras. Ahí es cuando te ponía perdido a base de estornudos. Le quería bastante al jodio, y nos dolió a todos cuando se murió de viejo. No nos importaba tener que cogerle en brazos para acercarle al jardín a que hiciera sus cosas, o limpiarle ya que el pobre no se podía ni levantar. Al parecer tenía displaxia provocada por una caída de su cajón en sus múltiples viajes interoceánicos (Brasil-España). Nunca nos planteamos el “dormirle” ya que se le veía contento con nosotros, saludándonos como podía cuando nos veía. Y siempre recordaré esa fecha ya que nació mi sobrino en ese día.

Pasado unos meses, llegó a casa un caniche (Poddle). Si nos pareció que Cotton, el Fox Terrier era un terremoto, este llegaba a escalas imposibles de superar. Mi madre le puso el mismo nombre “Cotton II”. Juguetón a más no poder, incansable,… en fin, todo un verdadero artista. Y sigue vivito y coleando que el jodio tiene ya casi 9 años.

Por el año 97, me decidí volver a España, anclándome en la sierra madrileña del Guadarrama. No pensaba en tener a ningún perro, ni gato, ni nada por el estilo hasta que de pronto, mi novia (por aquel entonces) y mis amigos me traen por sorpresa a una bolita de pelo de color gris azulado, con unos ojazos azules. Era un cachorrin de un cruce de pastor belga con alemán. Era una verdadera preciosidad. Y el principio de mi perdición. Al estar acostumbrado a estar siempre con perros, siempre los manejaba bien ya que eran pequeños, y que mi madre es quien se “encargaba” de educarlos. A éste lo tendría que educar entre mi novia y yo. Y mi gran fallo es que le consentíamos muchísimo. Si a este le añades a que era un perro con un carácter extremadamente dominante, imagínate la bomba de relojería que teníamos en casa. Y si añadimos que al final el perro se tuve que venir conmigo porque me separé de mi novia al año de tenerlo, reeducarlo fue la más difícil de las tareas. Estaba demasiado consentido y le tenía que dejar claro que yo era su “amo” y que no le consentiría ciertas libertades antes conseguidas. El NO tenía que ser NO siempre. Si para el perro esta nueva etapa era muy dura, para mí fue peor, ya que si al principio le intentaba educarlo sin levantar la mano, me tomaba por el pito del sereno, incluso con alguna que otra mordida (incluso sangrantes). La única solución era arrearle siempre y cuando le pillaba “in fraganti” haciéndole ver que lo que había hecho estaba mal, ya que sabía que había un corto período de tiempo entre el acto y la posterior regañina. Gracias a mi tozudez para con el animal, y las malditas azotainas, conseguí hacer que me obedeciera (casi) siempre, pero no creo que conseguí hacerme su “líder”, sino más bien en su “jefe”. Llegó a comportarse sumisamente conmigo, me saludaba efusivamente cuando llegaba a casa de trabajar, a obedecerme (no siempre), le podía dejarle suelto mientras paseaba ya que cuando desaparecía de su vista, se ponía nervioso parándose en seco y buscándome con la vista y el olfato, y venía corriendo cuando me veía, con la consiguiente desgracia de que una vez literalmente me atropelló. (Mido casi uno noventa, así que imaginaros el golpe). Pero tenía sus manías. No podía comer si no había nadie con él, era muy temperamental conmigo ya que se enfadaba conmigo si no le hacía caso o si le dejaba mucho tiempo en casa solo sin verme. Y era un poco brutote con la gente ya que no controlaba su fuerza, pero lo único que quería de la gente era mimos y más mimos. Incluso convivió con un gato callejero que había adoptado de pequeño sin mostrarse agresivo ni nada. Sólo quería jugar, y el pobre gato se escabullía como podía ya que el perrín era un poco brutote, sobretodo con sus “patitas”.

Como anécdota que reflejaba realmente su carácter, una vez se me ocurrió dejarle en una residencia canina que es regentado por un Adiestrador profesional por unos días porque tenía que ir de viaje y no tenía a nadie que pudiera cuidar de mi perro. Le dije al entrenador que para ganarle, que le diera alguna que otra golosina mientras estaba con él. Cuando llegué a recogerlo, le pregunté qué tal se comportó, si había tenido problemas, etc.., y me contestó que muy bien, con excepción de que cuando le llenaban el cazo con agua, éste bebía y luego lo tiraba. Cuando me vio el perro, el adiestrador se impresionó de tal manera que se metió en la jaula de al lado y diciendo que no salía de ella, y que si necesitaba que sedara al perro. Imaginaros a un bicho de 45 kilos, con las patas apoyadas contra la verja, las orejas completamente levantadas, el lomo totalmente erizado, el rabo levantado hacía arriba, ladrando y gruñendome. Total, que le veo y le empiezo a decirle tonterías. En cuanto abrí la verja, le dije atrás pero el no cejaba en ladrar y gruñirme. Le empiezo a darle caletoñas, mimos y decirle de todo. Y seguía enfurruñao. Hasta que le dije que se sentara y le di alguna que otra chucheria, cosa que agradeció gustosamente, pero aún así seguía “cabreado”. A todo esto, la cara del entrenador era todo un poema contemplando tal situación. No daba crédito a sus ojos. Pero más se impresionó cuando le dije las palabras mágicas a mi perro… “¡¡¿Vamos a casa?!!” Me costó mucho sujetarle ya que tiraba la correa con tal fuerza hacía el coche que más de una vez estuve a punto de ser arrastrado literalmente por el perro hacía el coche y no hizo falta decirle nada cuando abrí la puerta. Se metió rápidamente y me empezó a ladrar como diciendo… ¡¡venga!!! ¡¡¡vamonos!!!. El entrenador flipaba en colores. Acostumbrado a ver a los perros saludar efusivamente a los dueños en cuanto los recogen, me comentó que era la primera vez en más de 15 años que llevaba en el ramo que había visto tal situación. Le costaba creerlo. Incluso, medio en broma, medio en serio, me propuso que fuera a trabajar con él por mi aplomo para con la situación de mi perro. El nunca había visto a un perro echarle una bronca de tal magnitud a su dueño por haberle dejado allí. Y esa fue la última vez que le llevé a una residencia. El perro prefería estar dos días solo en el jardín de casa antes que estar de nuevo en una residencia. Aún así me “echaba” la bronca, pero sólo a base de ladridos y algún que otro gruñido.

Sé que pagué muy caro ser “primerizo” en la educación canina, y encima con un perro muy dominante. Y sé que tuve que darle muchos palos (siempre con la mano). Me dolía darlos pero, o eso, evitando posibles quebraderos de cabeza posteriores, o “dormirle”. En más de una vez, sobretodo al principio de la separación de mi novia, tuve intención de darle en adopción pero, viendo su carácter, pensando que nadie querría un perro así, y que sólo yo conseguía manejarlo, también estuve tentado en “dormirle”. Pero mi forma de pensar era y sigue siendo completamente “rara” según mucha gente. Ante todo, uno debe ser consecuente con lo que se hace, y si uno ha decidido tener un perro, ha de tenerlo hasta el final porque el perro no puede pensar por ti. Y al final se quedó conmigo hasta el final de sus días. Sé que, a pesar de que muchas veces era duro con él, él estaba ahí. Cuando estaba triste, venía a mi lado para que le hiciera alguna caricia, tranquilamente (bueno, menos brutote), o simplemente se quedaba a mi lado. Cuando estaba con buen humor traía una de sus pelotas para jugar con el. El me entendía, y yo le entendía.

Lloré desconsoladamente cuando le diagnosticaron un tumor, posiblemente maligno, en el pulmón. Y eso le estaba afectando a las extremidades, con un proceso de calcificación extra-ósea. El veterinario ni quiso hacer una biopsia porque podría quedarse en el quirófano debido a la rapidez y al estado avanzado en que se encontraba, y que lo mejor que podría hacer era darle la mejor calidad de vida que le quedaba. El diagnóstico era pésimo. Y su tiempo de vida era peor. Como mucho 1 mes, pero al final, me duró unos 5 meses más, tiempo que aproveché para resarcirle del pasado en todo lo que pude.

Me dolió muchísimo, al igual que a mis padres y mi mujer, el tomar la decisión de “dormirle” para evitar el sufrimiento de su enfermedad ya en estado calamitoso. Quería hacerlo un viernes, pero mi madre, llorando, me decía que le cuidaría como pudiera, y al final, entre mucha discusión, postergué la alternativa final. Gracias al Nolotil y al suero que le daba con una jeringuilla por la boca, mejoró un poco, pero sólo durante un fin de semana. Mientras, mi madre le mimaba a base de pollo y pavo a la brasa que le encantaba. Llegado el domingo por la tarde, empezó a sentirse peor, y el lunes, vista la situación en que el pobre no podía comer ni beber, rechazando incluso los manjares que mi madre le acercaba, al final mi madre tuvo que aceptar el destino fatal. Y como quería darle el mejor final para mi perro, no quería que, una vez “dormido”, desentenderme por completo. Era superior a mis fuerzas. Quería darle el mejor final posible, y la cremación individual era la mejor solución ya que enterrarlo no era posible. Estaba incluso dispuesto a viajar a Valencia o a Navarra para hacerlo, pero al final encontré en Madrid un crematorio individual.

A pesar de que era un perro difícil, y sufrió mucho conmigo, le quería demasiado, y supongo que el a mí. Ese fin de semana y la tarde del lunes las pasé a su lado, dándole mimos y carícias continuamente. El martes por la mañana, día fatídico, mi padre me quiso acompañar, pero quería estar sólo con el, con mi perro, con mi amigo a pesar de todo. Yo era su responsable, y como tal, tenía que asumir esa carga por completo. En la clínica veterinaria les comenté que prefería sedarle antes para verle irse de mi lado poco a poco. Estuve a su lado hasta el último minuto, hasta el último suspiro, manteniéndome sereno frente al perro, dándole carícias continuamente, calmandole, pero no podía evitar que mis lágrimas cayeran como un torrente, incluso ahora mientras escribo y recordando dicha situación, en que le dio un ataque fuerte, y la veterinaria, muy atenta ella, rápidamente le administró la inyección mortal. Y le vi irse de mi lado para siempre diciéndole “Adiós Amigo”. Cuando ya estuvo completamente “dormido”, le envolví en un plástico y me lo llevé hacia el coche. ¡¡Cuanto dolor sentía!!, pero al mismo tiempo, me decía a mi mismo que era lo mejor que podía haber hecho. No podía haber prolongado su sufrimiento más tiempo. Y me dije a mi mismo que, durante una buena temporada, no quería tener más perro.

De camino al crematorio situado en la otra punta de Madrid (Sevilla la Nueva) ya que vivo en la sierra norte, y con el cuerpo inerte de mi compañero de fatigas en el asiento posterior de mi coche, me repetía una y otra vez que Hommer, que así se llamaba mi perro, sería el último, por lo menos durante una buena temporada. Era demasiado el sufrimiento que sentía en aquel entonces, y que todavía aflora de vez en cuando.

Cuando llegué al lugar, me atendió una chica y me explicó un poco el funcionamiento del sitio, y que el proceso sería de unas 3-4 horas, en que pasado ese tiempo podría tener sus cenizas. Le pusimos en el horno, le di un último beso diciéndole gracias por estar a mi lado, y que me perdonara por todo lo que había hecho. No quería romper a llorar allí, así que cuando ya estuvo conectado el horno, me fui a dar una vuelta con el coche para calmarme, pero a los 20 metros me tuve que parar para poder llorar largo y tendido.

A la vuelta del paseo, y ya más sereno, estuve charlando con la chica y comentando cosas, me dijo que había trabajado en una protectora y que si quería adoptar algún perro. E inmediatamente le dije que no, todavía llevaba ese dolor conmigo, y además era demasiado pronto. Hasta que me convenció en ver una foto de un perro al que le iban a sacrificar esa misma semana.

En cuanto giró la pantalla del ordenador, algo me movió dentro de mí. Era precioso, un Alaskan Malamute macho de una año y medio aproximadamente, sin chip ni tatuajes (al parecer) con una cara de lo más cariñosa, y con un pelo que decía “meteme mano, venga”, “acariciame”. Lo habían encontrado abandonado en Arroyomolinos hacía casi dos meses y, debido a su situación, ya que nadie lo reclamaba, lo tenían que sacrificar. Me revolvía en mis adentros de rabia e impotencia, ya que recordaba mi situación, en que tuve que hacerlo con un perro que ya no podía ni con su pobre alma, debido a su enfermedad, y a este lo iban a sacrificar porque nadie se interesaba por el. Con lo juguetón, cariñoso y bonachón que se le veía y que me comentaba la chica. Me decía a mi mismo y a la chica que era muy pronto para volver a tener otro perro, pero aún así ella me convenció en verlo, y que si no lo querría, por lo menos que la ayudara a encontrarle un hogar para evitar dicho destino. No iba muy convencido, pero tenía que verlo. Pensaba en que si me gustara, tenía miedo a que no me aceptara bien, o que fuera igual de “dominante” que Hommer. Y esa fue mi desgracia, o mi alegría según pasan los días. Fue verlo y quedarme literalmente prendado del perro. Había algo en aquel perro que me llamaba la atención de forma brutal, pero no sabía realmente qué era. Y si encima contamos en sus “besitos” hacia mi y su cariño hacia la gente, más todavía. No conocía muy bien los entresijos del comportamiento de los Alaskan, pero conocía su carácter un pelín difícil entre otras cosillas más, pero si el Destino me puso ese perro allí en ese preciso momento, sólo Dios lo sabe. A lo mejor Hommer en su final me quiso llevar a descubrir a un nuevo amigo para que no tuviera el mismo triste final que tuvo. A que le diera una oportunidad de salvación a este Alaskan que, en vista de la situación, tenía los días u horas contados.

Antes de salir de la perrera, y después de meditarlo profundamente, ya decía que me llevaba al perro y que fueran adelantando la papelada, ya que tenía que recoger las cenizas de Hommer, y que a la vuelta, si era posible, lo recogería para llevarlo ese mismo día a su nuevo hogar. De camino al crematorio, mi cabeza estaba a mil por hora. Pensaba en el rechazo de mis padres y mi mujer hacia mi temprana decisión, en el tipo de perro, las dudas con respecto a la educación que habría recibido anteriormente, en cómo tenía que (re)educarle (sin caer en el mismo fallo que tuve para con Hommer, véase “palos”),… y ahí es cuando sentí hambre. Normal, desde las 10 de la mañana en que había salido de casa para lo de Hommer no había probado bocado alguno y ya era ¡¡las 7 de la tarde!!

Una vez recogido las cenizas de Hommer, vuelvo a recoger al Alaskan sobre las 8 y media de la tarde y, en cuanto le puse el collar, se puso del todo contento, ladrando y aullando animadamente. Le pido al perro que se suba en la parte de atrás del coche y se monta sin rechistar. El veterinario y yo asentimos en que se notaba que ya había salido anteriormente de paseo en coche y que ése era su sitio. Al llegar a la clínica veterinaria para vacunarle y ponerle el chip, había una mujer que había traído una perrilla (Yorkshire) que casi se había ahogado en la piscina y vemos, ante el asombro de todos, que el Alaskan se pone a dos patas para olerla y le empieza a darle lamidas muy delicadamente. Era increíble ver la delicadeza con que se acercaba a la perrilla. Cuando ya le tocaba el turno, se deja coger para subirle a la camilla sin ningún problema y acepta sin rechistar la vacuna anti-rábica. Lo que sí le molestó fue la inyección del chip y no es de extrañar, que da miedo sólo de pensar en el grosor de dicha aguja. Aún recuerdo en lo mal que paso Hommer con ello. Pero aún así, una vez terminada la sesión, se dejaba hacer de todo y siempre estaba dándome la pata, moviendo el rabo y lamiéndome todo el rato. Un encanto de perro.

Así que desde ese mismo día ha estado conmigo, a pesar del rechazo inicial de mis padres y mi mujer, que ahora mismo le adoran (A mí se me sigue cayendo la baba, jejeje). Y me sumergí literalmente en el mundo del perro nórdico para saber más acerca de las peculiaridades de esta raza. Quería y quiero estar preparado para lo que me pueda enfrentar de cara a un futuro siendo poseedor de un Alaskan Malamute y en una de mis múltiples búsquedas con Google, acerté con esta página y la estoy devorando poco a poco, absorbiendo todo de cara a darle la mejor “educación” a este nuevo amigo, y de paso, aprender de él.

Y eso es todo, bueno, no todo porque creo que ya he escrito demasiado acerca de la situación en que apareció Roy, Dyc o Dicky (porque todavía no sabemos qué nombre ponerle) en mi vida, pero escribiré nuevamente para comentar cómo ha sido su llegada a casa (que a más de uno le puede ser de utilidad) y cómo ha cambiado mi vida. Incluso pienso en apuntarme en algún club de Agility para disfrutar aún más de el.

Javier

P.D. Al final, mi madre le puso el nombre de Roy porque es el que mejor acepta, y a ella no le gustaba Dyc. Y también para darle el gustazo a mi madre de bautizarlo. En cuanto me sea posible, haré nuevas fotos de él para poder publicarlas en “la sonrisa nórdica”.

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