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Historias y Opiniones: La más hermosa canción

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Los ruidos no le molestaban. Don Rufino era sordo y vivía solo.
Como vivir solo y estar privado del órgano de la audición constituye una doble soledad, su hijo tuvo una feliz idea. Un día que fue a visitarlo se le apareció con una inesperada y dulce compañía: un pequeño fox terrier blanco que ya había bautizado. Foxi era su nombre.

El entendimiento mutuo surgió rápido. El muchacho se marchó contento y seguro de que el can podía ser un acompañante muy útil para su padre. Y no se equivocó. En muy poco tiempo el fox terrier se convirtió en los oídos de don Rufino.
Foxi se hacía entender por su dueño con movidas de rabo, en una gama de significados distintos; también por la mirada y los ladridos, a lo que se sumaban tirones de distinta intensidad en los bajos de los pantalones. Y si era en la calle, con unos tirones oportunos le advertía sobre los bocinazos impacientes de algún automovilista apurado. Gracias a la compañía de Foxi los días del hombre empezaron a ser más confiables, las horas más llevaderas. En una palabra, don Rufino ya no se sentía ni tan sordo ni tan solo.
Una noche, ambos –hombre y perro- dormían profundamente. De pronto Foxi dejó su cucha, se dirigió a la pieza de don Rufino y comenzó a sacudirlo desesperadamente.
El timbre de la calle repiqueteaba con urgencia.
El hombre se despertó y captando exactamente el aviso del perro, después de mirar el reloj, se vistió y seguido por Foxi, se dirigió a abrir. ¿Quién podría llamar en su casa a una hora tan desusada?
Al abrir la puerta se encontró con dos hombres jóvenes que expresaban algo para él inaudible, con gestos de inconfundible nerviosismo. Les respondió con señas y de inmediato trajo lápiz y papel y garabateó en éste que no podía oír lo que decían a causa de su sordera. De inmediato uno de los desconocidos le escribió en el mismo papel que acababan de sufrir un accidente automovilístico en la carretera, donde habían dejado a su padre muy mal herido; querían solicitar asistencia médica si es que en la casa había teléfono. Don Rufino no dudó un instante y los hizo entrar. Llamaron y les contestaron que en pocos minutos enviarían al lugar del hecho una ambulancia.
Los hombres, ya más tranquilos, trazaron en un papel palabras de agradecimiento y de alabanzas a la inteligencia del perro y partieron rápido a reunirse con su padre. La ambulancia no se hizo esperar y después de atendido el herido, sus afligidos hijos recibieron del médico un pronóstico esperanzado.
Don Rufino tenía ya un poco olvidado el hecho –habían pasado unos dos meses- cuando fue sorprendido una tarde por la visita de aquellos dos hermanos. Felices por la total recuperación de su padre, venían a agradecerle la importante ayuda recibida la noche del accidente y le dijeron que querían recompensarlo de alguna manera especial por su bondad. Dio la casualidad que estaba presente el hijo del dueño de casa, lo que permitió que la charla se hiciese más amplia y fluida. Prometieron volver muy pronto, pero antes de marcharse dejaron un canasto de golosinas para Foxi, recalcando que “si él no hubiese avisado, nuestro padre no estaría con nosotros”.
Una semana después don Rufino recibió una citación para concurrir al consultorio de un famoso fonoaudiólogo de la ciudad. Llegado el día se presentó puntualmente, pero sin saber la agradable sorpresa que lo esperaba. Recibido por el especialista, éste le informó que le iba a hacer un examen de oído, ordenado por los dos hermanos de esta historia, que además le habían encargado un audífono, corriendo ellos con todos los gastos.
Desde aquel día los ladridos de Foxi suenan en los oídos de don Rufino como la más hermosa canción.

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