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Historias y Opiniones: Historias de perros en la antiguedad

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En tiempos de Grecia y Roma

En tiempos del emperador Vespasiano (Tito Flavio) -el constructor del famoso Coliseo romano-, se presentó en la capital del imperio una compañía de cómicos, entre cuyas atracciones llamaba la atención la de un perro actor que hacía a la perfección un simulacro de envenenamiento.
El actor que le servía de partenaire aparecía en escena preparando una golosina y enseguida llamaba al can y acariciándolo le decía:

-Esto tan delicioso es para ti, querido Catulo.

El perro la aceptaba, la masticaba entre cómicas vacilaciones y, finalmente -como si no le gustara-, haciendo gran esfuerzo la tragaba.
El envenenamiento era la secuencia siguiente. El can fingía la crisis, seguida de la agonía, entre contorsiones que parecían reales. Por fin se quedaba tieso, “sin vida”.
Su dueño, en una parodia de desesperación, lo arrastraba de un lado al otro del escenario, sin que Catulo hiciese ningún movimiento que pudiera denunciar la farsa.
Cuando el hombre, llorando, cantaba loas al que fuera su extraordinario amigo y compañero, el perro actor comenzaba a mover una pata, luego levantaba la cabeza, para terminar poniéndose de pie con un aire tan ingenuo que se conquistaba las exclamaciones y aplausos del público.

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En una de sus obras el gran moralista y enciclopedista Plutarco (griego que vivió en tiempos de Cicerón) cuenta que cierta vez observó a un perro sediento que se empeñaba en beber agua del fondo de un cántaro. No lo volcó ni tampoco cesó en su intento. Como la boca del cántaro era muy estrecha para introducir el hocico, fue trayendo guijarros con los dientes y echándalos en su interior. Naturalmente el agua fue subiendo y, cuando estuvo a la altura de su boca, el perro pudo cómodamente saciar su sed.

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En la Antigüedad hubo un perro llamado Hircano, protagonista de un acto que también mereció ser inscripto en las tablas de acontecimientos notables para que los conocieran el pueblo y las futuras generaciones.
Hircano pertenecía a Lisímaco, aquel general de Alejandro Magno que llegó a ser rey de Tracia y Macedonia. Al morir Lisímaco, su cuerpo fue cremado. Cuando Hircano vio la pira, se arrojó a las llamas y se dejó quemar vivo junto a su dueño. Una prueba semejante de amor sólo puede darse en los perros. Salvo excepciones rarísimas.

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