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Historias y Opiniones: Fidelidad

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Mi vecino se decidió un día a comprar un cachorro de dogo argentino. Entre varios que le gustaban, eligió uno que por su aspecto, desarrollo y extrema vivacidad imponía respeto. Lo llevó a la estancia donde vivía con su familia. Allí sería importante para alegrar la infancia de Diana, la hija menor.

Rápidamente la niña y el dogo, al cual bautizaron Katriel, hicieron buenas migas. Ella, con sus dos años, y el perro con sus cuatro meses, no sabían de otra cosa que no fueran corridas y juegos, besos cariñosos y la retribución del can con graciosos lengüetazos que dejaban húmedas y sonrosadas las mejillas de Diana.

Cuando Katriel cumplió el año había aumentado considerablemente de talla y aparte de las jugarretas de siempre, la niña lo montaba como si fuera un potrillito.

Pasó un verano, luego otro y otro y Katriel dejó de ser un cachorro para transformarse en un perro adulto.
Un hermoso animal que en distintas circunstancias supo mostrar su índole de fuerte y astuto, bravío e inteligente, tanto cuando salía a sus andanzas campo afuera regresando puntualmente, como cuando acompañaba a su dueño para inspeccionar el ganado o, cuando, en funciones más tranquilas, hacía de celoso guardían de la casa.

Cierta vez Katriel no volvió de una de sus excursiones. Se hizo la noche y no se lo encontró por toda la estancia, lo que provocó la extrañeza de todos y muy particularmente la aflicción de Diana. Al día siguiente se ordenó una intensa búsqueda por los alrededores y aún más lejos, y, ya cerca del anochecer, cuando estaban por emprender el regreso, unos peones encontraron el perro en una hondonada, tirado, sin poder moverse. Lo llevaron casi exangüe a la casa. Tenía una fea herida en el cuello. Al moverlo para curarlo, y a pesar del cuidado con que lo hacían, Katriel se enfurecía.

Algo imprevisto sucedió en un momento dado, para peor cuando todos estaban desprevenidos. Ni su propio padre pudo preverlo. Fue la llegada de Diana, quien embargada por la emoción por la aparición de su fiel amigo, corrió ansiosa hacia él e, inocentemente, pues no le habían querido decir que el perro estaba herido, lo apretó fuertemente entre sus brazos.

El dolor del dogo fue tan agudo e insoportable que, como si hubiera sido tocado por un resorte, se irguió en toda su estatura con furor represivo…

Bien pudo ser una tragedia…Pero como por milagro, en el preciso instante en que Katriel iba a clavar sus colmillos en la tierna carita de la niña, reconoció en ella a su entrañable amiga de juegos. Instantáneamente depuso su actitud agresiva y, transformada ya su ira en cariño, lamió la carita de Diana bañada en lágrimas.

Un aullido ahogado, contenido se oyó a continuación…Unico signo del intenso dolor que aquel inocente abrazo provocó al dogo herido.

¿No es éste un hermoso ejemplo de amor y fidelidad?

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