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Historias y Opiniones: Caminando hacia el amor

Diario de un perro abandonado, maltratado y rescatado.historiasyopiniones
Ángel Padilla

Mi primer recuerdo arranca dentro de una de esas traqueteantes casas con ruedas que los humanos usan para desplazarse. Después andaba desorientada en un campo que refulgía su negrura bajo el ojo blanco del firmamento nocturno. Un ser humano, con manos cobrizas, arrugadas y enormes, me cogió en volandas y rugiendo me depositó, ya alboreando, entre sus perros blancos. Me gritaba y me golpeaba con una rama de árbol, dándome brutales patadas. Al parecer, había que hacer algo con esos peludos perros blancos con cuernos, de ladrido alargado y tembloroso, que yo no hacía. Y aquel hombre bramaba como el trueno mientras me lanzó al traicionero abrazo del aire desde un tractor hacia los alrededores de una casa.

No recuerdo cómo, pero en pocos días ya estaba cuidando los animales que en su interior vivían. Yo debía ladrar ante cualquier ruido extraño; pero a veces la soledad me hacía recibir, con la cola oscilante, a algún visitante que parecía amar mucho a esos animales (pues con excesivo cuidado y sigilo se los llevaba en brazos hacia fuera). Las chispas de un doloroso palazo y los horrísonos reproches de mi verdugo, me extrajeron del sueño aquella noche y me vi de nuevo deambulando sola en el monte violáceo, cuyo inflamado cielo escarlata era surcado por miríadas de lúgubres pájaros negros. Las lágrimas me impedían ver con claridad por dónde iba, de tal forma que a veces me apercibía de que estaba andando en círculo por la periferia de un pueblo de cuyo embrujo no podía sustraerme, ya que, más allá de él, sólo acechaba la temible inmensidad de una naturaleza salvaje e inhóspita.
Se sucedieron los incendios celestiales y las mortajas negras que, desde las altu-ras, en los crepúsculos vespertinos todo lo cubren, mientras yo comía restos de alimentos que florecían en los arrabales de ese poblado que ya conocía a la perfec-ción. Hasta que apareció un ser humano alto, grueso y maloliente, que se interpuso entre el ojo del cielo y yo. Al día siguiente ya estaba yo ayudando a cazar babeantes y robustos perros marrones armados con puntiagudos colmillos que hendían el cie-lo. Debía morderles las patas y conducirlos hacia donde mi feroz amo, junto a otros amigos, sonriendo aguardaban con escopetas. A mí me daban pena esos perros pe-queños y nervudos, así que poco a poco dejé de conducirles hacia la trampa, alejan-do sus agradecidos gruñidos hacia florecientes senderos que serpeaban su verdoso colorido hacia la vida. Un tiro en mi oreja me indicó que algo no iba bien entre el verdugo y yo, lo que se confirmó cuando me abandonó en el negro camino plano entonces bañado por la lluvia, y yo, acostumbrada al desamor, resignada comencé a andar hacia donde el cielo me miraba con su pupila de fuego desde su córnea de listados colores –córnea que a veces la lluvia da a luz en el lienzo del aire, después de copular irisadamente con el sol-.
Nacieron y murieron los soles y las lunas mientras el verde de las hojas se fue tornando marrón, sufriendo yo el profundo desprecio de los habitantes de ese pue-blo que era todo mi mundo, llegando a encajar sus patadas e insultos como algo cotidiano, envuelta en una soledad tan sólo mitigada por los alimentos y el cariño que a veces me ofrecía una pareja de humanos añosos (los cuales en una ocasión me refugiaron, de las viperinas lenguas de luz de una atronadora tempestad, en el calor de su alta casa), fecundada por otros perros y pariendo interminablemente hijos que a los pocos días se hacían invisibles (para meses después volver a materia-lizarse muertos dentro de un saco en la orilla del río o bajo el dominio de un caza-dor); hasta que llegaron mis amigos (miembros de la familia de la pareja antes nom-brada): una hembra y un macho de animales humanos que advirtieron algo en mí que a mis anteriores amos les pasó por alto. Con frecuencia me acariciaban y besa-ban, llamándome por un nombre que enseguida memoricé, pues éste representaba la corta melodía inefable que anunciaba mi felicidad. Mis salvadores venían al pue-blo cada pocos días, y siempre me alimentaban y acariciaban después de canturrear al viento esa palabra sagrada que me despertaba con dulzura del letargo de mi sole-dad. En su ausencia, los aguardaba viendo hipnotizada ocultarse soles y nacer lunas mientras reverdecía la hierba a mi alrededor y los pájaros trinaban desde la caverna azul de la bóveda celeste; atentos mis oídos, desde mi inmovilidad corporal, al cau-ce del aire, que tarde o temprano me traería aquel eco milagroso que tanto amaba.
Entonces ocurrió aquello que bifurcó mi sendero existencial. Un pueblerino in-tentó matarme con una lanza cuyo puntiagudo odio me pasó rozando. A las pocas horas, cubierta de besos y de abrazos, ya estaba dentro de la casa rodante de mis amigos, de camino hacia una altísima casa que se elevaba entre cientos de otras altas casas, gigantesco poblado donde desde entonces vivo con mis amigos humanos. Antes de entrar en su vivienda me lavaron, me condujeron a un sitio donde otros humanos, vestidos del color de la hierba, me pincharon con frías y delgadísimas ramas plateadas.
Y al fin, abracadabra, la primavera de la felicidad destronó al invierno de la des-dicha en mi corazón, porque formo parte de una manada de seres queridos.
Hoy, desde mi balcón, en el que paso fantásticas tardes dormitando y observan-do el negro camino plano surcado por casas rodantes que rodea mi hogar, me sien-to muy segura y dichosa, sobre todo al evocar, comparativamente, mi funesto pasa-do, en el que reinaba la soledad, la tristeza, el hambre y el frío que se enroscaba como una serpiente de hielo sobre mi pecho, con mi rosado y amoroso presente. Ahora soy feliz y no me siento utilizada. Con frecuencia mis familiares me llevan a ese pueblo, a su campo compitiendo su verde con el azul del cielo, pero ya no veo aquel entorno con ojos de desamparo y de horror, ni agacho la cabeza escondiendo el rabo al cruzarme con un lugareño (porque mis familiares me protegen).
Pero dejo ya de recordar, que ha venido mi manada para que vayamos al parque, y mi cola se mueve dichosa mientras lamo eufórica sus queridas patas. Ojalá vea hoy en el jardín al airoso perro azulado de ojos chispeantes que desde hace unos días me dice al oído cosas bellas. Ojalá todos los animales puedan llegar a ser tan felices como yo lo soy ahora.

Ángel Padilla, autor de La guadaña entre las flores, Mundo al revés y Elegía a la vida

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